Un artista del mundo flotante de Kazuo Ishiguro

 

Ishiguro sumerge al lector en el mundo japonés, en esta su segunda novela, por la cual recibió el galardón Whitbread de Literatura. El la primera, Pálida luz en las colinas (1982) narraba la historia de una mujer japonesa afincada en Inglaterra, y en ella se mezclaban los recuerdos de su país con la vida en Occidente.

En la novela que nos ocupa, la narración está situada por completo en el Japón de la posguerra, aunque hace incursiones a bastantes años atrás, ya que el narrador, Masuji Ono, un anciano artista retirado en su enorme y maltrecha mansión, cuenta en primera persona sus recuerdos, mezclados con los problemas de su relación con hijas y nieto en la actualidad (1948-50).

Hay que aclarar, para los que no estén familiarizados con la cultura y arte japonés, que la expresión “pinturas del mundo flotante”, presente en el título, remite al término Ukiyo-e, género artístico gráfico japonés, muy popular, desarrollado desde el siglo XVII al XX por el medio de la xilografía o técnica de grabado en madera. Retratan un mundo flotante de belleza y placer, un mundo irreal, de luces y colores en una atmósfera imaginaria. Se trata de la “estampa japonesa” que se empezó a conocer en Europa a mediados del siglo XIX, causando un gran impacto en el mundo artístico, que por esa época también estaba en plena ebullición con los impresionistas.

Diversos temas están contenidos en la narración: nociones como culpa, traición, perdón, vergüenza, y una gran nostalgia del mundo desaparecido tras el terremoto de la guerra. Elementos simbólicos como el fuego, la propia simbología artística, el papel del artista en la sociedad, etc. también se pueden destacar de la novela. Y sobre todo, a lo largo de ella, se respira el contraste entre Oriente y Occidente, la cultura tradicional japonesa y la cultura occidental, simbolizada aquí por las aficiones del nieto, entusiasmado con El Llanero Solitario y Popeye, (mientras que su abuelo es incapaz de reconocer tales personajes) y los cambios arquitectónicos y sociales de la ciudad, el lento resurgir del nuevo Japón, mientras que los recuerdos del anterior aún están vivos en las mentes de muchos.

El anciano protagonista se encuentra ante un dilema: ha de casar a su hija menor, Noriko. Sépase que en el Japón, hasta bien mediado el siglo XX, era costumbre que los matrimonios fueran arreglados entre las familias, muchas veces sin conocimiento de los hijos/as. Generalmente se ocupaba de ello un intermediario o nakôdo, que investigaba a la familia que hacía la propuesta, y llevaba el peso de las negociaciones, hasta el encuentro formal o miai, (lo que en otros tiempos en España se llamaba “petición de mano”) donde las dos familias festejaban juntos y se presentaban a los novios.Noriko había sufrido ya un desaire en una anterior propuesta de matrimonio, que se canceló por motivos no claros.

Así, Ono pone todo su interés y apoyo en ayuda de su hija. Porque, además, es llevado a considerar que pueda ser su propio pasado el motivo del rechazo a su hija.A lo largo de su vida, el viejo artista ha incurrido en comportamientos, decisiones y posturas políticas que en la actualidad (la de la novela, es decir, la posguerra) se consideran sospechosos o humillantes, cuando no claramente delictivos. Por tanto, el artista hace un recorrido por los que fueron sus amigos y los que dejaron de serlo, para recomendar el silencio o al menos, la abstención de información en el caso de ser requeridos por el nakôdo.

El autor se vale de este subterfugio para hacer memoria, mostrando los recuerdos del narrador, que a veces son engañosos, porque la edad, la culpa o el remordimiento juegan malas pasadas a la mente. Ono experimenta sensaciones y sentimientos contrapuestos: al principio no se siente partícipe de los resultados de la guerra. Después comienza a darse cuenta de que toda acción pasada tiene su  implicación en el futuro y que ha de cambiar su actitud si desea asegurar el porvenir de su hija  Noriko.

Los aficionados al cine que conozcan la filmografía de Yasuhiro Ozu, observarán que esta novela tiene mucho parecido con la mayoría de los filmes del gran director japonés, sobre todo, los realizados a partir de la posguerra: el contraste entre el Japón imperial y el Japón democrático,  el choque de las costumbres tradicionales con las nuevas, que proceden del vencedor y que son aceptadas por los jóvenes con ilusión, mientras los mayores, que han participado en la guerra, sienten nostalgia del pasado. La vida familiar, el tratamiento de la muerte…en la novela, la mujer de Ono ha muerto a causa de un bombardeo, y también su único hijo, Kenji, participando como soldado en la campaña de China. Algunos amigos se han suicidado, e incluso sus hijas y parientes temen que Ono pudiera hacer lo mismo, como expiación de su culpa.

Otro elemento a destacar en la novela es la nostálgica mirada que el viejo artista dirige a la ciudad, comparando los barrios arruinados por la guerra, barrios que en otra época bullían de vida y de negocios, y las nuevas edificaciones que van apareciendo en estos años donde Japón inicia su reconstrucción y su cambio de paradigma político.

Ono va recordando la relación con su padre, además de las mantenidas con sus diversos maestros artísticos; las del pintor con sus alumnos, más adelante; la idea de la traición, no solo política sino también artística, cuando Ono abandona las teorías del “mundo flotante” para buscar nuevos horizontes pictóricos, huyendo de la rigidez académica.

Los diálogos y las situaciones, también llevan a recordar las películas de Ozu: nunca hay afirmaciones directas ni contundentes, todo son perífrasis corteses, indirectas insinuaciones hechas con la mejor de las sonrisas. Solo al niño, símbolo del futuro, se le permite expresar afirmaciones rotundas.

Novela corta pero densa, muy bien hilvanada y estructurada, en la que Ishiguro ya demuestra su dominio del lenguaje y la poética de su narrativa.

Por Fuensanta Niñirola

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