Cómo perdimos la utopía y de qué forma recuperarla: Soñar de otro modo

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Entrevista a Francisco Martorell Campos

Francisco Martorell Campos lleva casi dos décadas estudiando los entresijos de la literatura utópica y distópica. Sus objetivos son aclarar la función político-cultural de la utopía y la distopía en el presente e indicar las diferencias entre los textos utópicos actuales y los del pasado. Tras una tesis doctoral galardonada con el premio extraordinario y multitud de artículos y ponencias, ha publicado en la editorial “La Caja Books” Soñar de otro modo, un provocativo ensayo filosófico y sociológico sobre el que tuvimos ocasión de charlar un rato.

La distopía es insuficiente

Francisco, ¿cómo resumiría su libro?

La tesis que lo estructura es que desde los años setenta las sociedades han perdido la esperanza en un futuro políticamente mejor, la capacidad de imaginarlo y el deseo de concretarlo. Gracias a esas tres variables, Occidente entró en su etapa ilustrada y progresó, con todos los matices que se quiera, como nunca antes. Sin ellas, hoy amenaza con estancarse o retroceder. La sociedad mira al mañana con miedo. De ahí el superávit de distopías y el déficit de utopías. En Soñar de otro modo quiero persuadir a los escritores de ciencia ficción, a los pensadores y a los activistas de que ha llegado el momento de corregir la situación, de producir nuevas imágenes deseables del futuro que nos permitan revitalizar el deseo de cambio social. No lanzo un alegato moralista, sino una exhortación política nacida del análisis conceptual y social de la postmodernidad.

Pero, ¿no cree que hay razones para temer al futuro?

Ciertamente sí. El mundo se halla hasta los topes de injusticias, crisis y riesgos. No obstante, deberíamos recordar que el miedo es un mecanismo de sometimiento ancestral. Paraliza el pensamiento y la acción. Las clases dominantes salen beneficiadas del estado de ánimo distópico que nos atenaza. Soñar de otro modo ofrece un tratamiento para superarlo en los ámbitos de la naturaleza, la historia y la sociedad. Y el tratamiento no es otro que reconciliarnos con la utopía política, con la esperanza, la capacidad y el deseo que acabo de mencionar. A fin de cuentas, el futuro puede ser peor que el presente, pero también mejor. Estamos tan atolondrados por la campaña del miedo que lo hemos olvidado.

La utopía está muy mal vista. Sin embargo, usted la reivindica.

En efecto, el concepto de utopía genera rechazo. La propaganda oficial ha conseguido que se asocie a proyectos sanguinarios e imposibles. Es verdad que las utopías literarias tradicionales promocionaron con frecuencia regímenes surcados por directrices totalitarias. Pero igualmente cierto es que los logros de la modernidad de los que nos sentimos orgullosos (sufragio universal, derechos de las mujeres, división de poderes, libertad de prensa, sanidad y educación gratuitas, etcétera.) también brotaron del pensamiento utópico. En su seno convivieron buenas y malas ideas. De lo que se trata, obviamente, es de recordar las buenas y, sobre todo, de inventar otras aún mejores.

¿Sugiere que la democracia fue en origen una utopía?

Así es. Al principio, las conquistas democráticas no eran más que fantasías revoloteando en las mentes de los reformistas más osados. Alguien tuvo que imaginarlas primero para que otros lucharan después por ellas y otros comenzaran a materializarlas. La característica inconfundible de las propuestas utópicas es que no se aplican a corto plazo. En el instante de su aparición, son vistas por las mayorías como majaderías impracticables. Necesitan tiempo para seducir a la opinión pública y hallar el contexto adecuado para cuajar. Cuando lo consiguen, la dignidad humana crece. Si vivimos en un mundo más digno que el de hace cien años es porque algunos de los sueños de justicia de nuestros antepasados se han hecho, más o menos, realidad. El interrogante crucial es: ¿qué sueños utópicos innovadores vamos a legar nosotros a los inconformistas del porvenir para que intenten ponerlos en práctica? Si no cambiamos, ninguno. Eso sí, les dejaremos en herencia pesadillas de lo más variadas y macabras.

De sus palabras se desprende un rechazo a la distopía, que sí cuenta con una gran audiencia actualmente.

Puede ser. Pero el rechazo que citas no es exclusivo de Soñar de otro modo. Empieza a irrumpir con cierta fuerza en el gremio de la ciencia ficción. Ahí está el “Solarpunk” o, en nuestro país, el “Movimiento Pragma”. También se deja ver en segmentos minoritarios del pensamiento filosófico y económico. Según lo veo yo, el reto no consiste en sustituir el pesimismo distópico por un optimismo narcotizante y aquiescente. Los manuales de autoayuda y el pensamiento positivo forman parte del mismo conglomerado de dominación que patrocina el fatalismo. El reto pasa por criticar el mundo actual comparándolo con alternativas mejores, no con versiones peores. El principal hándicap de la distopía es que solo reprocha al presente. No ayuda a discurrir medidas para transformarlo, que es lo que necesitamos. Su utilidad crítica es notable, pero su contribución práctica a la lucha por el progreso es insuficiente.

¿Podría poner algún ejemplo de por qué la distopía es insuficiente?

Claro. Títulos de la distopía juvenil como Los juegos del hambre, Juntos, Delirium, Divergente, Traición, El corredor de laberinto, Incarceron y Puro escenifican una rebelión contra el totalitarismo. Tal gesto las aleja de 1984, Un mundo feliz, Kallocaína, Nosotros y clásicos de ese estilo. Lamentablemente, los brotes utópicos de esos relatos distópicos se secan pronto, pues justo cuando gana la resistencia… ¡termina el libro! ¿Qué tipo de civilización crearán los antaño insurgentes? ¿Qué tipo de gobierno tendrán? ¿Y de economía? Nunca lo sabremos. Otro detalle molesto, compartido por bastantes distopías adultas de la última hornada (pienso en películas como Equilibrium, V de vendetta y Equals), es que la mayoría de distopías juveniles identifican el mal con alguna variante del Estado totalitario, cuando todo el mundo sabe que quienes mandan ahora son las multinacionales. Hay que reconocer que cada vez son más numerosas las distopías que se han enterado de ello, caso de Ready Player One, Idiocracia, Elysium o Years and Years.

¿Qué queda entonces de la utopía?

De la utopía política queda poco, si bien es indudable que el clima de opinión anti-distópico del que te hablaba empieza a dar frutos. El más laureado es la trilogía “Terra Ignota” de Ada Palmer, todavía sin traducir al castellano. Es una muestra formidable de la utopía autocrítica y antiautoritaria por la que abogo. Sin olvidar las aportaciones de Kim Stanley Robinson, por supuesto. No quisiera dejar de citar dos novelas utópicas españolas muy recientes: El futuro que hicimos, de Óscar Eslava, y El colapso, de Jaime Paz Burgos. Pese a estos y otros ejemplos, la utopía política continúa hallándose en franca minoría ante la distopía. Todo lo contrario ocurre con la tecnoutopía. Las visiones utópicas producidas últimamente casi siempre se alzan sobre la tecnología punta. El transhumanismo proyecta esta inclinación en el cyborg, individuo salvado de la enfermedad, el envejecimiento y las limitaciones biológicas gracias a la implantación de neurochips, correctores de ADN y demás artefactos en su cuerpo. El hándicap de la tecnoutopía es que proporciona sugerencias para la reforma biológica, no para la reforma social. Su contribución al progreso político es asimismo insuficiente.

Como especialista en la materia, ¿Qué utopías y distopías literarias recomendaría?

Utopías: La trilogía “Marte Tricolor”, de Kim Stanley Robinson, Los desposeídos, de Ursula K. Le Guin, la saga de “La Cultura”, de Iain Banks, El amor dentro de 200 años, de Alfonso Martínez Rizo, El hombre hembra, de Joanna Russ, y Una utopía moderna, de H. G. Wells.

Distopías: dejando al margen las referencias de costumbre, Lo que será el mundo en el año 3000, de Émile Souvestre, Congreso de futurología, de Stanislav Lem, Las torres del olvido, de George Turner, El cuento de la criada, de Margaret Atwood, El hombre que despertó en el futuro, de Laurence Manning, y la trilogía “Mendigos en España”, de Nancy Kress.

 

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